LAURA CASTRO

Los problemas de vialidad en Guadalajara son añejos. Desde siempre se ha experimentado una resistencia pertinaz a adoptar y adaptar ejemplos funcionales en otras ciudades de similar o mayor tamaño, con características parecidas; y hemos perdido mucho tiempo y dinero por supuesto, en la implementación de ideas y obras dizque geniales, ahora rebasadas. Lamentablemente este asunto está llegando a niveles insostenibles y sí puedo decir que desde hace algunos años, los sucesivos gobiernos se han preocupado y ocupado en echar a perder la ciudad y su área metropolitana; el panorama que tenemos enfrente no es nada, pero nada alentador, al contrario, empeora.
Cualquier solución, si es que alguien lo piensa o lo intenta, será compleja y costosa, sin embargo, como están las cosas y como pintan, no quedará de otra con una carga extra a la de por sí afectada ciudadanía de a pie, automovilista y usuaria de transporte público.
Los intentos de planeación de los años ochenta y noventa del siglo pasado y de principios de este siglo XXI tuvieron exponentes verdaderamente notables que, no obstante, fueron ignorados de manera sistemática. Sólo citaré a Esteban Wario Hernández, Jorge Camberos Garibi y Germán Camacho Uribe, los tres de feliz memoria.
Aportaron ideas y soluciones con una visión de futuro que, por desgracia, fueron desestimadas y hoy estamos viviendo lo que advirtieron en su momento. Participaron en mesas, foros, congresos sólo para enterarse de que ya todo estaba lavado y planchado. Muchas veces fueron escuchados, fueron funcionarios incluso, pero su actuación y su capacidad de decisión se enfrentó a los límites de políticos negligentes. Sus propuestas no tuvieron el necesario y urgente seguimiento que marca una mega ciudad como Guadalajara.
Como reportera y habitante de esta ciudad he sido testigo de este desastre contra el que nada ha servido, ni la organización de la sociedad civil, ni las manifestaciones, reclamos y gritos desesperados de la ciudadanía, ni los periodicazos, reportajes de investigación y coberturas para llamar la atención sobre una realidad que ahora nos aplasta.
Por las referencias de los tres expertos que cito y de otros, la obra conocida como la Cruz de Plazas vino a romper para siempre la fisonomía de una ciudad que era bella, perdió su encanto en aras de una modernidad mal entendida por los gobernantes de entonces que aplicaron sus malas ideas a rajatabla, las impusieron cuando no eran tiempos de socializar ni de preguntar o consultar a la ciudadanía; de hecho, aunque se supone que sí son tiempos, seguimos igual.
Se demolieron edificios que eran patrimoniales, se ampliaron las avenidas, se incentivó el uso de los automóviles por supuesto y no se ordenó ni planificó el transporte público. Desde aquellos años cincuenta o desde el origen, desde que la primera ruta de camiones avanzó por las calles de Guadalajara, nació lo que conocemos como el pulpo camionero ahora un kraken con ochenta mil tentáculos.
El desastre urbano lo vivimos cotidianamente por el caos vial, por las deficiencias en el transporte público y las inundaciones que espero nos den tregua hasta el próximo año; todo ha empeorado por obras como las ciclo pistas que descompusieron las vialidades, no por la ciclovía en sí, sino por la pésima ejecución sin alternativas para inhibir el uso del automóvil. Estacionamientos a media calle en las avenidas La Paz y México, por mencionar sólo dos, bolardos, banquetones mal puestos que han tenido que ser retirados porque el uso cotidiano demuestra que son trabajos deficientes y al aventón y un constreñimiento de las vialidades y descomposición de las rutas alternas a los que parece no se puede dar marcha atrás.
Y el frenesí inmobiliario de los últimos años que contribuye a la reducción de espacios comunes para la movilidad en todas sus modalidades y es causa clara y evidente de las inundaciones que padecemos en cualquier punto de la zona metropolitana año con año, porque se está construyendo sin ton ni son, sin calcular la necesidad de dotación de servicios y obstruyendo vías de desfogue, entre otras consecuencias y efectos perversos que se nos vienen encima sin que como ciudadanos de a pie podamos hacer algo.
Y ahí está la discusión con respecto a López Mateos. La gente no quiere el segundo piso y es la usuaria de la ciudad, la experta y debe ser escuchada y atendida. Ya bastantes imposiciones tenemos como las obras en la Minerva, en el centro, en Av. México, rumbo al aeropuerto y en otros puntos, como el arreglo de una banqueta en hora pico en Av. Américas y Montevideo, con dos camionetas enormes, diez personas ociosas y una sola trabajando en una obra que paralizó esa zona de la ciudad desde el Nodo Colón hacia Plaza Patria, por horas.
Todo al mismo tiempo dizque por el mundial. Imposiciones, sin planeación, mal y peor ejecutadas y ya veremos qué desastre de metrópoli nos dejan, de por sí echada a perder. La impotencia es mayúscula, el gobierno estatal y los municipales no ven, no escuchan mientras se toman selfies y videos para subir a sus redes como si de eso se tratara.
La autora es periodista, doctora en Historia, docente en ITESO.
Correo electrónico: lauracastro05@gmail.com.

