Hermanas y hermanos en el Señor:
Para continuar con el tema de la oración, Jesús nos habla con otra parábola, nos propone a dos personajes, un fariseo y un publicano, que pertenecían a diferentes grupos, pero que, en el fondo, eran lo mismo: hombres imperfectos y pecadores. Los dos eran iguales a los ojos de Dios en cuanto a su situación de pecado.
Van al templo, los dos oran, hacen lo mismo, pero salen de una manera distinta.
Uno sale reprobado, y el otro sale justificado, reconciliado, en paz, porque se siente indigno de encontrarse con el Señor.
La postura externa del fariseo nos hace descubrir sus actitudes interiores.
Dice el Evangelio que, erguido, daba gracias por sí mismo, porque se sentía bueno y consideraba a los demás malos, no daba gracias por la justicia del Creador y por su bondad, sino que siente que merece todo de Dios, porque -según él- se lo ha ganado. Parece que el Señor le sale debiendo.
Luego, Jesús, habla del publicano, señalando que se había quedado lejos, sin atreverse a levantar los ojos, pidiendo solo misericordia, golpeándose el pecho.
La diferencia entre ambos personajes está en la actitud interior. A Dios no lo podemos engañar, no lo podemos envolver en nuestros cuentos de que hacemos el bien, de que servimos, de que regalamos o hacemos caridad.
Ante Dios somos pecadores que necesitamos de su amor, de su perdón y de su misericordia.
La conclusión de ambos protagonistas es que el publicano bajó a su casa justificado, reconciliado con el Señor, en paz, porque reconoció quién era, y el fariseo no. Nos queda claro que el que se enaltece, será humillado, y el que se humilla, será enaltecido.
Podemos pensar que esta parábola nada tiene que ver con nosotros, pero no, al contrario, se trata de una narración muy actual que toca nuestras fibras religiosas más hondas, porque todos tendemos a justificar nuestras obras, incluso aunque se trate de negocios turbios, por ejemplo. Hacemos algo mal y buscamos encontrar la forma de auto-justificarnos.
Pensamos que obramos correctamente, y a partir de esta concepción de nosotros mismos -consciente o inconscientemente-, nos constituimos en jueces de los demás.
Señalamos con el dedo a vecinos, parientes, compañeros, de los que pensamos que andan mal, en asuntos ‘chuecos’.
Pensamos que estamos bien, que los demás son los que hacen el mal.
Si llevamos esta parábola a un ámbito más eclesial, llegamos a pensar que, con confesarnos, estamos bien, que perteneciendo a un determinado movimiento de apostolado o grupo parroquial, ya son buenos, incluso sintiéndose superiores que los demás, a los que son de otro grupo, los juzgan y hasta los confrontan, pensando y diciendo quiénes son los buenos, los que deben ocupar buenos puestos.
Si somos honestos y humildes, la parábola tiene mucha aplicación en nuestra vida, y lo que debemos hacer es revisarnos en nuestro interior para ver cómo anda nuestra oración, si somos humildes, si reconocemos que somos pecadores.
La salvación, es verdad, la podemos alcanzar por nuestras obras, pero es un don de Dios, y para tenerla necesitamos una confesión humilde y sincera delante de sus ojos, para merecer su gracia, su perdón y su misericordia.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
