La realidad silenciada de las mujeres indígenas
QUETZALI CÁRDENAS
Esperanza Pérez no solo traduce palabras, también miedos, derechos y necesidades. Su historia comienza en Cocucho, en la Meseta Purépecha de Michoacán, donde nació y quedó huérfana a los cuatro años. Creció al cuidado de sus abuelos, entre la carpintería de su abuelo y el comercio de su abuela. Su paso por la escuela fue breve, cursó hasta segundo de primaria ya que la falta de recursos y la imposición del español en aulas donde su lengua era el purépecha la hicieron sentirse ajena. Los roles de género estaban muy presentes, los hombres al trabajo y las mujeres atentas al cuidado del hogar. Su abuela le decía que por ser mujer debía aprender porque algún día se casaría.
Ser esposa de alguien no era lo que Esperanza quería en ese momento, ella soñaba con viajar a Guadalajara porque no quería que su historia fuera igual a la de mujeres de su familia quienes vivían violencia física y psicológica, sin embargo, desde los 13 años su abuela insistía en que ya estaba en edad de casarse hasta que finalmente lo hizo un año después.
“UN GOLPE DUELE MENOS”
En su comunidad es tradición que, tras el matrimonio, los recién casados se establezcan en el hogar de la familia del esposo. Lo que debía ser una feliz vida de casados se tornó en un martirio, pasaba los días bajo el yugo de su suegra quien la agredía verbalmente, mientras su esposo recurría no solo a esto, sino también a la violencia física.
“Creo que un golpe duele menos porque te deja de doler, pero las palabras duelen más porque cada vez que te acuerdas, las heridas de las palabras nunca cierran”.
Después de que naciera su tercera hija, su esposo se fue a Estados Unidos, sin embargo, su suegra recibía la mitad el dinero mientras que el resto lo repartía a la familia de su otro hijo y a Esperanza le daba lo justo para que comiera ella y sus hijas.
Esa experiencia sembró en ella una determinación silenciosa que la impulsó a emigrar a Guadalajara.
“Yo era muy luchona, mi abuela, a pesar de que me insistió mucho en que ya me juntara, me enseñó a trabajar”.
SU IDENTIDAD ERA SU FORTALEZA
“India, ahí va una María, huichola, ¿por qué habla así?” Estos fueron algunos de los comentarios constantes que tuvo que soportar Esperanza al llegar a la ciudad.
Un día mientras esperaba atención médica en el Hospital Civil para una de sus hijas, llevaba su bolsa de bordado y una trabajadora social se interesó por su labor y la canalizó a espacios de apoyo para comunidades indígenas en la Universidad de Guadalajara. Después fue vinculada a instancias como la Comisión Estatal Indígena y el entonces CDI, hoy Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas.
Después de pasar un tiempo en Guadalajara, Esperanza se percató de que muchos de sus paisanos no recibían atención digna en los hospitales porque no había intérpretes de su lengua y no sólo eso, también eran víctimas de incriminaciones y no podían defenderse por la misma razón.
En 2016 surgió la oportunidad de certificarse como intérprete. Dudó por no tener estudios formales. Sin embargo, su experiencia habló por ella. Logró certificarse como traductora de purépecha en Jalisco y hoy forma parte del padrón del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. Actualmente solo hay 4 en el Estado, 2 mujeres y 2 hombres.
La demanda supera la oferta. Esperanza ha acompañado casos por violencia, conflictos familiares, acusaciones de robo e incluso delitos graves. Muchas veces el miedo impide que los indígenas regresen a audiencias después de firmar papeles que no entendieron.
Su lucha va más allá de la traducción, es también una defensa de la dignidad de las mujeres indígenas. Ya no llora ante la discriminación. Se siente orgullosa de haber llegado “de la nada”, a dialogar con funcionarios y exigir apoyo para su gente.
“Ya no estamos en los años aquellos que decían que la mujer se quedara callada, que la mujer vale menos que el hombre. Yo valgo lo mismo”.
Esperanza Pérez no solo interpreta idiomas, interpreta realidades. Y en cada audiencia, en cada hospital y en cada acompañamiento, confirma que la justicia también debe hablar purépecha. Su nombre no es casualidad.


