
ABEL CAMPIRANO MARIN
Una muerte no puede ser vana. Es el tránsito necesario para iniciar el viaje al paraíso, al verdadero paraíso que es la vida eterna. Jesús, en su condición humana, también tuvo que sufrir en carne propia la muerte.
Jesús es el vencedor de la muerte. Su resurrección significa para el mundo cristiano, el culmen de la fe, el epítome de la esperanza, porque morimos, precisamente con la esperanza de encontrarnos con él en el Reino del Padre, donde estaremos por toda la eternidad.
Es esa fe la que nos da vida y nos mantiene y nos permite ver a la muerte como algo que es ciertamente doloroso y muy aflictivo para quienes se quedan en este Valle de lágrimas gimiendo y llorando, pero también no nos preocupa ni nos debe entristecer cuando tenemos nuestro objetivo puesto más allá de lo terrenal.
La muerte de Cristo en El Calvario, fue necesaria no solo para la redención, sino para servirnos de ejemplo, y que no nos debe importar el sufrimiento cuando tenemos la esperanza puesta en Él cuando entreguemos nuestra vida, que con su mano bondadosa y segunda nos llevará al cielo.
SEMANA MAYOR
La Semana Santa es el punto culminante del período cuaresmal. Nos ofrece una excelente oportunidad de pensar y reflexionar sobre los acontecimientos que llevaron a Jesús a una muerte tan ignominiosa como es la cruz y que no solo es ignominiosa por haber sido equiparado a un delincuente, salteador, agitador y homicida, sino porque el sufrimiento con la crucifixión es bárbaro, terrible, no en balde esa pena de los cartagineses fue adoptada por los romanos para imponerla a quienes cometían los más terribles crímenes.
Del delirio, recibiendo los vítores y aclamaciones de un pueblo rendido a sus pies porque pensaba que los libertaría del yugo romano, en cinco días se transformó en el rechazo, el paroxismo de la muerte, y ese pueblo judío que lo recibía con los brazos abiertos montado en su burrito, lo despedía con burlas, injurias y gritos pidiendo su muerte inmediata.
La muerte de Jesús no puede ser vana. No lo fue. Nos muestra el camino, es preciso sufrir, es necesario el dolor para alcanzar la felicidad, es la condición humana, y lejos de que nos resulte pavorosa la experiencia de la muerte, debe ser aceptada con naturalidad, pero fundamentalmente con fe y esperanza que, trascendiendo el mundo visible, el material, nos espera uno ignoto, desconocido, pero que será pleno donde gozaremos del amor del Padre que nos recibirá de regreso una vez que cumplimos con nuestra misión aquí.
Que esta Semana Santa sea un punto de inflexión, y que nos permita ser disruptivos y cambiar el sentido de nuestra vida para transformarnos en seres de luz y no personajes de las tinieblas. El camino pareciere lleno de dificultades, pero no será así si tenemos la fe puesta en Jesús. Animémonos a bajar de la barca como Pedro, tomarlo de su mano y caminar a su lado, puesto que Él nos lo dijo, “Yo soy el camino, la verdad y la vida” quien cree en mí, no morirá Jamás.
Pax Tecum
