Ramiro Escoto / Periodista Y Vaticanista

Si bien es imposible encontrar el término “diplomacia” en la Biblia, una constelación de pasajes lo aluden o hacen referencia a la necesidad de negociar serenamente y en favor de la paz. Mientras que Mateo proclamaba como bienaventuradas a las personas pacificadoras, el libro de Proverbios relataba que “la respuesta blanda era mejor que la ira”. Páginas después, y aunque en un acto de cólera, el rey David había prometido vengarse de Nabal —un personaje acaudalado que se había rehusado a apoyarlo monetariamente en su guerra civil contra Saúl—, la prudencia y el ingenio de Abigail (la esposa de Nabal) lograron granjearse la serenidad de David y evitar el derramamiento de sangre. Años más tarde, Salomón sentaría un ejemplo diplomático al lograr paz y prosperidad en Israel mediante la conducción de relaciones justas e informadas. Más importante aún, Jesús es el mejor ejemplo universal de cómo el amor, el perdón y la verdad son el camino para conseguir la paz. Finalmente, y a guia de anécdota, hay que recordar que el arcángel Gabriel es el Santo patrono de los diplomáticos.
Estos ejemplos bíblicos, trasladados a la actualidad, ilustran los valores que orientan la diplomacia de la Iglesia católica, la de la Santa Sede —el organismo central que la gobierna— y, en especial, la de los romanos pontífices. El Vaticano siempre ha hecho diplomacia, ya sea por el poderío temporal (o terrenal) que la Iglesia mantuvo en el mundo por siglos, como por la autoridad moral del Santo Padre. Si bien, el actuar vaticano en la política internacional antes del Siglo XX obedecía a otras consideraciones —cuyo análisis queda fuera del contenido de este artículo—, la diplomacia petrina del último siglo y medio ha cobijado los valores de la “neutralidad”, la “negociación” y los “pequeños pasos”.
Asimismo, la forma particular de gobernar de cada Pontífice ha contextualizado estas realidades. En ese sentido, el Papa Francisco dejó un amplio legado de diplomacia moral basada en la idea de la inclusión. Ahora con León XIV inicia una nueva página en la historia de la diplomacia petrina con una brújula que apunta a la importancia de promover la paz y la urgencia de crear puentes.
Para la Santa Sede, la neutralidad es su forma de ser, tanto por vocación — Dios enseña a perdonar, incluso al enemigo— como por decisión estratégica —sería muy cortoplacista si el Vaticano perdiera capacidad negociadora fijando una posición en favor de un país y excluyendo al otro—. Por ejemplo, aunque recibió fuertes críticas, la neutralidad de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial evitó ataques más brutales contra la población católica en Alemania. Asimismo, la neutralidad en muchos otros conflictos durante la Guerra Fría hizo que diplomáticos vaticanos pudieran conversar tanto con Oriente como con Occidente, en un ambiente de confianza mutua.

En todos estos casos, el actuar vaticano ha arrojado resultados positivos, aunque limitados. Durante la gestión del Papa Francisco, el Cardenal Matteo Zuppi fungió como su enviado especial para la paz y, en esa categoría, sostuvo encuentros con autoridades rusas, ucranianas, chinas y estadounidenses. Sin embargo, el Papa Francisco nunca criticó directamente a Putin, aunque decía que Ucrania era como una “tierra martirizada” y reconoció que la agresión la inició Rusia. También cuestionó la cercanía de jerarcas de la Iglesia ortodoxa rusa con el Presidente ruso, especialmente el patriarca Cirilo de Moscú.
Hoy en día, el Papa León XIV es considerado un líder moral, capaz de transmitir, sin ataduras ni compromisos partidarios, un mensaje de paz, pero, sobre todo, hacer que se firme en los países cuyos conflictos han transformado la tragedia en hambruna y destrucción de todo valor moral.
