PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
El viaje del Papa León XIV a Turquía y al Líbano se puede sintetizar en la palabra: “unidad”. El Romano Pontífice ha expresado que el deseo de unidad del Señor es un Don del Espíritu Santo sobre su Iglesia, más que un esfuerzo humano por llegar a consensos teológicos y canónicos. Es el Espíritu el que suscita la unidad en la diversidad y en el respeto irrestricto por las diferencias doctrinales, que nunca dejarán de ser formas de comprensión del mismo misterio revelado.
El contexto del viaje a Turquía, un país de mayoría musulmana, que corresponde a los antiguos territorios que vieron el nacimiento del cristianismo y en donde se encuentran las ciudades de Nicea y Constantinopla, la actual Estambul, sedes de los dos primeros Concilios Ecuménicos, en los que se definieron los fundamentos de la doctrina cristiana y que expresamos y rezamos todos los domingos en el símbolo nicenoconstantinopolitano. Precisamente, el motivo del viaje del Papa es el aniversario 1700 de la celebración del Concilio de Nicea.
Tanto ayer como hoy, Nicea ha sido el símbolo de la unidad y comunión cristiana y, por ende, es un elocuente signo para todo el mundo de la misión del cristianismo de tender puentes y ser factor de unidad entre los hombres. En medio de los graves conflictos armados e ideológicos que está sufriendo la humanidad, la Iglesia debe brillar como signo de unidad y vínculo de comunión, de ello, el Papa actual quiere ser un promotor. Él mismo en su persona es signo de “puente”, es Pontífice: hijo estadunidense de padres migrantes, miembro
de una familia franco española, formado en el país más rico del mundo y misionero en América Latina, religioso Agustino y Obispo de una diócesis. Pero también ha entendido el ministerio petrino desde su misión de ser puente, «estar al servicio de todos para construir y preservar la comunión y la unidad», como él mismo lo dijo en su intervención en la Divina Liturgia, en la Catedral de San Jorge.
En medio de tanto conflicto internacional el Papa ha ofrecido la mediación del Estado Vaticano, lo que exige ser leído también en el contexto propio por los pastores de la Iglesia por todo el mundo como un compromiso prioritario. También la Iglesia que peregrina en México necesita ser un signo de comunión entre los mexicanos. Hoy, en nuestra patria, estamos viviendo un tiempo de polarización ideológica que lleva a una violencia verbal, a la descalificación de los adversarios y al descrédito de lo diferente. México tiene una vocación de multiculturalidad por su origen mestizo, fraguándose con gran acierto por la acción evangelizadora de la Iglesia que supo aprovechar los grandes valores de los pueblos originarios, como la riqueza espiritual de España. La Iglesia debe ser un factor de unidad sin llegar a un falso irenismo, sino a partir de la verdad y de la defensa de los auténticos derechos humanos, así como la formación de todos los católicos en el diálogo, la reconciliación y la paz.
