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Vía crucis

por Quetzali Hernández
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El período de la Cuaresma propicia la práctica piadosa del vía crucis, eso lo hemos oído y aprendido a lo largo de los años, por nuestros padres, por la comunidad parroquial. ¡Cuántas veces escenificando, dramatizando! Ciertamente, es una manera muy fructífera de preparar el alma, día tras día, semana tras semana, al encuentro con el Divino Paciente en la trágica -y gloriosa- Semana Santa. Cada estación de las catorce de que se compone actualmente el vía crucis golpea, como un grito potente, nuestra conciencia de cristianos.

Fue por ello, en Jerusalén donde los cristianos, ya desde los siglos IV y V, quisieron acompañar a Jesús siguiendo sus pasos. El Itinerario de Egeria, afines del siglo IV, describe el momento: «Todos atraviesan la ciudad hasta la cruz. (…) Cuando se llega a la cruz se lee el texto evangélico en el que se narra que Jesús fue conducido a Pilato. (…) Todos desfilan; inclinándose, tocan la cruz con la frente y la besan, pero ninguno la toca con las manos». Con el pasar de los siglos, el «camino de la cruz», vivamente presente en la conciencia cristiana, fue adquiriendo número y forma. Se comenzó con siete estaciones -que representaban siete caídas- para subrayar la plenitud del sufrimiento tanto de Cristo como del cristiano. Hay tal vez un eco sapiencial en este número simbólico, un eco de todos los justos sufrientes de la historia, que alcanza en Cristo coronación suprema y sublime.

De Jerusalén pasa el vía crucis a Europa al alba del segundo milenio cristiano. La atención prestada a la humanidad de Jesucristo por los monjes de Cluny y del Císter, primeramente, y, luego, la devoción de san Francisco de Asís por la pasión del Señor, contribuyeron a la formulación de las catorce estaciones, tomadas de los Evangelios y de antiguas tradiciones, pero variables en algunas de las escenas representadas.

En el año 1750, a petición del Papa Benedicto XIV, lo erigió en el Coliseo, allí donde durante tres siglos muchos cristianos hallaron la última estación de su padecer por Cristo, su «Gólgota» y su gloria. Pablo VI reinició la práctica del vía crucis en el Coliseo, el Viernes Santo del año 1965.

Allí donde hay un cristiano que sufre, si es condenado a muerte injustamente, si es traicionado por un amigo,
aprende a sentir lo que Cristo sintió al ser traicionado por Judas o por Pedro. Si en su tribulación y dolor alguien le ayuda y consuela, hace revivir en la historia las figuras de María, del Cirineo, de la Verónica, de las piadosas mujeres de Jerusalén, que con su presencia y amorosa solicitud aliviaron el duro camino del Condenado hacia el Calvario. Si es despojado de su dignidad de modo inhumano y brutal, está reflejando en sí mismo el despojamiento del Nazareno. Si muere por confesar su fe, está encarnando la muerte de Cristo, que confiesa su obediencia plena a la voluntad del Padre. De manera especial, en nuestros días, las madres buscadoras necesitan de nosotros, ¡no debemos dejarlas solas! Seamos para ellas María, Verónica o un Cirineo.

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