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Viernes de Dolores en Guadalajara

por Gabriela Ceja Ramirez
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La ciudad que acompaña a la Madre

HÉCTOR QUINTERO LÓPEZ

Entre las tradiciones más antiguas y entrañables que se arraigaron en la Nueva Galicia se encuentra la celebración del Viernes de Dolores, una devoción que, a pesar del paso de los siglos, se ha resistido a desaparecer de la memoria y del corazón del pueblo tapatío. Durante los días de la Pasión, continuaban las festividades dedicadas a Jesús Divino Preso en el colegio de niñas de San Diego el propio Viernes de Dolores, y las del colegio de Santa Clara el Domingo de Pasión. Sin embargo, en todos los rincones de Guadalajara el último viernes de Cuaresma se convertía en un día especialmente dedicado a contemplar a María al pie de la cruz, bajo las advocaciones de Nuestra Señora de los Dolores y de María Santísima de la Soledad.

Esta última advocación es tan antigua como la misma ciudad. Tanto la Virgen de la Soledad como la Imagen de Cristo yacente que la acompaña hasta hoy, según refiere el canónigo Don Luis Enrique Orozco, fueron elaboradas con la técnica mexicana de pasta de caña de maíz, muy probablemente realizadas en Michoacán, hace cerca de quinientos años.

Desde los primeros años de Guadalajara, Nuestra Señora de la Soledad recibió profunda veneración, convirtiéndose con el tiempo en una de las devociones más queridas del pueblo tapatío. La antiquísima Imagen se venera aún en su Santuario (ubicado en Av. Vallarta 1944, Col. Americana), que inicialmente fue consagrado por el arzobispo Cardenal José Garibi Rivera el 7 de mayo de 1960, y fue el mismo prelado, quien, deseoso de honrar aún más a esta venerada imagen, obtuvo de S.S. Pablo VI la coronación pontificia de la misma. También, cuenta con una cofradía que data desde 1589, que en su tiempo estuvo integrada por gran parte de los vecinos de Guadalajara.

La antigua cofradía daba particular solemnidad a las celebraciones de Semana Santa. Los cofrades, vestidos de penitentes, salían descalzos y en profundo silencio, cubiertos con túnicas y capirotes, portando escapularios de tafetán negro y escudos con la imagen de Nuestra Señora de la Soledad. Durante la noche del Viernes Santo recorrían diversos templos de la ciudad haciendo estaciones devotas.

Una tradición que permanece

Entre las expresiones más entrañables asociadas a esta devoción destacan los altares o incendios de Dolores, que durante siglos formaron parte de la vida cotidiana de Guadalajara. Estos altares se levantaban según la creatividad y la piedad popular. En un lugar destacado de la casa se colocaba una mesa con varias gradas, cubierta con manteles deshilados o papel de china picado. Se adornaba con flores, macetas que evocaban el huerto o el Calvario, naranjas agrias con pequeñas banderas doradas, esferas de cristal y, dependiendo de la economía del hogar, veladoras o velas adornadas con delicadas labores de cera escamada.

De esta tradición nos habla el maestro Ramón Mata Torres, quien relata que la noche del Viernes de Dolores, cuando las campanas de la Catedral marcaban el toque de oración, las familias se reunían ante el altar para rezar y meditar los dolores de María. Con ternura filial buscaban acompañarla en su pena y, como dice la tradición popular, incluso “distraerla” de su dolor con los ofrecimientos en su honor.

Hoy, a pesar de los cambios del tiempo, esta antigua costumbre no ha desaparecido. Los altares de Dolores continúan levantándose en templos, museos y barrios de Guadalajara, recordándonos que la devoción a Nuestra Señora de la Soledad sigue viva en el corazón del pueblo.

En cada vela encendida, en cada flor colocada y en cada oración susurrada ante su Imagen, Guadalajara continúa acompañando a la Madre que permanece fiel. Que su silencio nos enseñe a esperar, y su fortaleza a confiar. Y que, bajo su amparo, como lo han hecho generaciones de tapatíos, encontremos siempre consuelo al pie de la cruz.

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