PBRO. JOSÉ MARCOS CASTELLÓN PÉREZ
La Iglesia de Guadalajara ha celebrado en estos días su XII Asamblea Eclesial, convocada por el Arzobispo, el Cardenal José Francisco Robles Ortega, y en la que participan los delegados laicos y religiosos, los decanos, vicarios episcopales, obispos auxiliares y miembros representantes de organismos e instancias diocesanas. La Asamblea es la reunión sinodal que pretende dar continuidad y un nuevo impulso al proceso pastoral diocesano.
Si quisiéramos hacer una relectura retrospectiva, tendríamos que hablar de tres momentos claves en este proceso. Las primeras tres asambleas plantearon el “qué” del proceso: el objetivo, las líneas de acción y una suficiente fundamentación teológico pastoral. De la cuarta a la octava asamblea se determinaron el “para quién”, con una acentuación precisa; el lenguaje del “para quién” o interlocutores prioritarios, fue el que el Papa Francisco utilizaba en ese momento, el de periferias existenciales, que en nuestro caso fueron las familias en crisis, los jóvenes en crisis y el tejido social roto, aunque por motivo de la pandemia de COVID se agregaron los ancianos y los sacerdotes en crisis. La acentuación de este momento estriba en la necesidad de renovar las estructuras y las instancias eclesiales para que estén en función del proceso. De la novena a la actual asamblea se ha planteado el “cómo”, es decir, el cauce operativo por el que queremos alcanzar nuestro objetivo, animados y orientados por las líneas comunes, con la urgencia de llegar evangélicamente a las periferias existenciales por medio de una Gran Misión de la Misericordia, con las características de irradiación y transversalidad, pensada para cuatro etapas: la sensibilización, la territorial, la sectorial y la ambiental.
El marco teórico y metodológico que hasta ahora ha ofrecido la Asamblea, como institución eclesial, podría decirse, sin temor a equivocación, que es lógico, coherente, progresivo. Quienes sin ser miembros de esta Iglesia particular tienen conocimiento de este marco teológico-pastoral, incluso de pastoralista de talla internacional, han dado un juicio muy positivo e incluso laudatorio. Pero, en la práctica, hay algo que no ha funcionado. Comúnmente decimos que “no ha prendido”, no llega a las parroquias ni mueve a las instancias eclesiales. Incluso, hay quienes prestan servicios de suma importancia en la diócesis que denostan el proceso; o quizá sin ser plenamente conscientes, las inercias de ya muchos años, con sus vicios añejos, de la forma de gobierno y administración eclesial, de formación en el Seminario y de organización general de una pastoral fragmentada, entendida más como un conjunto de pastorales y no una “pastoral de conjunto”. Y no hay que pasar de lado que somos seres humanos y que una de las debilidades de los agentes de pastoral es el protagonismo y los celos pastorales (que no celo pastoral), provocando envidias y divisiones.
La Asamblea, convocada y con el aval del Arzobispo, es una oportunidad para que nuestra Iglesia particular, enriquecida con tantos dones y carismas, sazonada con la sangre martirial, responda a las exigencias del tiempo para que impulse, aquí y ahora, la Nueva Evangelización.
