
Ramiro Escoto Ratkovich / Vaticanista
Desde el principio de su pontificado, el Papa León XIV se ha convertido en una voz fuerte y constante: promover la paz no es una narrativa, es un mandato de Dios. Toda caridad, misericordia y con la cercanía de un padre, el Papa no ha dejado oportunidad para enviar el mensaje a todos los rincones de la tierra. El pasado Domingo de la Misericordia lo hizo con un discurso que ya se queda como parte del mensaje en otro nivel para exaltar a los pueblos siempre al diálogo, siempre a la convivencia, siempre a construir: la guerra divide, la esperanza une. La prepotencia pisotea, el amor levanta. La idolatría ciega, el Dios vivo ilumina. Basta un poco de fe, una pizca de fe, para afrontar juntos, como humanidad y con humanidad, esta hora dramática de la historia. «Nada puede atarnos a un destino que ya está escrito.»
La oración, reflexiona el Papa, no es un «refugio» para escapar de las responsabilidades, ni un «anestésico» para huir del «dolor que tanta injusticia desata». Más bien, es la «respuesta a la muerte» que nos invita a alzar la mirada y levantarnos de entre los escombros.
Nada puede encerrarnos en un destino ya escrito, ni siquiera en este mundo en el que las tumbas parecen no ser suficientes, porque se sigue crucificando, aniquilando la vida, sin derecho y sin piedad.
Los conflictos actuales son numerosos, pero no nuevos. Por ello, las palabras de los Papas sobre las guerras adquieren una relevancia renovada, aunque dramática. León XIV recuerda las de San Juan Pablo II en el contexto de la crisis de Irak de 2003, en la que el Papa Wojtyła, rememorando otra experiencia directa de conflicto, la de la Segunda Guerra Mundial, exhortó especialmente a los jóvenes a decir como San Pablo VI en un discurso pronunciado en las Naciones Unidas : «¡Nunca más la guerra!».
Lejos de ser un acto puramente pasivo, la oración, reflexiona el Papa, «nos educa para actuar», uniendo las «limitadas posibilidades humanas» con las «infinitas posibilidades de Dios». Así, pensamientos, palabras y acciones desintegran el mal, poniéndose al servicio del Reino celestial.
Un Reino en el que no hay espada, ni drones, ni venganza, ni banalización del mal, ni lucro injusto, sino sólo dignidad, comprensión y perdón. Tenemos en esto una barrera contra ese delirio de omnipotencia que se vuelve cada vez más impredecible y agresivo a nuestro alrededor. Los equilibrios en la familia humana están gravemente desestabilizados. Incluso el Santo Nombre de Dios ―el Dios de la vida― es arrastrado en discursos de muerte.
León XIV cita entonces a San Juan XXIII, quien en su encíclica Pacem in terris escribió que«todos se benefician de la paz: los individuos, las familias, los pueblos, toda la humanidad, y, citando las palabras «concisas» de Pío XII, añadió: «nada se pierde con la paz. Todo se puede perder con la guerra».
El Papa menciona las cartas que recibe de quienes viven en zonas de conflicto y cómo en ellas percibe la «verdad de la inocencia» y la «inhumanidad de actos de los que algunos adultos se jactan con orgullo».
Sin duda los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte.
