Juan López Vergara

Nuestra Madre Iglesia ofrece el día de hoy, en la mesa de la Eucaristía, un pasaje del Santo Evangelio, donde aparece la declaración de Pedro acerca de la identidad de Jesús: “El Mesías de Dios”. Y la revelación del propio Jesús sobre su destino; destino que hemos de asumir sus discípulos, decididos a seguirlo, y tomando nuestra cruz día con día, ir al encuentro de nuestros hermanos más necesitados (Lc 9, 18-24).
LA INDICACIÓN DE QUE JESÚS ESTABA ORANDO DA UN RELIEVE PARTICULAR A LA ESCENA
La forma como inicia la perícopa es especialmente significativa para interpretar adecuadamente este preciso y precioso pasaje del Santo Evangelio según san Lucas:
“Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: ‘¿Quién dice la gente que soy?’” (v. 18).
El tercer evangelista destaca que los momentos más extraordinarios de la vida interior de Jesús, como la revelación y toma de conciencia de Hijo en el bautismo y en la transfiguración, acontecieron justamente: “mientras oraba” (Lc 3, 21-22 y 9, 28-36). Cuando Jesús se concentra en la oración es porque algo significativo va a suceder (véanse Lc 6, 12-16; Lc 11, 1; Lc 22, 39-46; Lc 23, 34.46). Jesús enseña con su mismísimo ejemplo la importancia de la oración. La indicación de que Jesús estaba orando como aparece en el Santo Evangelio según San Lucas, por consiguiente, da un relieve particular a la escena (compárerese Mt 16, 13 y Mc 8, 27).
EN JESÚS Y POR JESÚS, DIOS REALIZA SU OBRA SALVADORA
A la significativa pregunta de Jesús en torno a su identidad, los discípulos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado” (v. 19). La imagen de Jesús, entre el pueblo, es la de un ‘profeta’ y no precisamente la de una figura ‘mesiánica’ (compárese Jn 6, 14). Jesús, entonces, preguntó expresamente a sus discípulos:
“‘Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?’. Respondió Pedro: ‘El Mesías de Dios’. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie’” (vv. 20-21).
Pedro aparece una vez más como el portavoz indiscutido de los discípulos (compárese: Lc 5, 8; Lc 6, 14; Lc 8, 45.51). Pedro confiesa que Jesús es el “Mesías de Dios”. Lucas agrega “de Dios” (compárese: v. 20 con Mc 8, 29). Lucas con esas maravillosas matizaciones que distinguen al tercer evangelio, subraya así que en Jesús y por Jesús, Dios realiza su obra salvadora.
CONVOCADOS A ABRAZAR NUESTRA PROPIA CRUZ
Enseguida encontramos el primer anuncio de la Pasión: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día” (v. 22). Jesús se refiere a sí mismo como el “Hijo del hombre” que tiene que sufrir mucho. El destino de sufrimiento, reprobación y muerte no termina en fracaso, sino en victoria. A Jesús, la piedra desechada por los constructores, Dios la convertirá en piedra angular (compárese Lc 20, 17). Reconocer a Jesús, sufrido, rechazado y asesinado implica seguirlo en su camino, decididos a vivir como Él, abrazando nuestra propia cruz:
“Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: ‘Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará’” (vv. 23-24).
Muy apreciables lectores, para actualizar la Palabra de Dios, ofrecida en este pasaje lucano, los exhorto a salir de nosotros mismos, e ir en busca de nuestros hermanos más necesitados, en quienes el Señor Jesús se hace presente (compárese Mt 25, 40). Y, hacerlo, tomando nuestra propia cruz día con día siguiendo los pasos de Jesús, el “Mesías de Dios”.
