Sergio Padilla Moreno

Hace ochenta años se puso fin al régimen de la Alemania nazi, que, según los sueños de Adolf Hitler —su principal ideólogo y artífice—, estaba destinado a durar mil años como el llamado Tercer Reich. Sin embargo, solo se extendió durante doce años, comenzando en 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller de Alemania y jefe de Gobierno por el presidente de la República de Weimar, Paul von Hindenburg. Según la historia oficial, el fin del régimen se sitúa el 8 de mayo de 1945, aunque también podría considerarse el 30 de abril de ese mismo año, cuando Hitler se suicidó junto con su esposa, Eva Braun, en el búnker bajo la Cancillería del Reich, mientras las tropas soviéticas estaban a punto de tomar el control total de Berlín.
En los meses posteriores a la caída del régimen nazi, el mundo fue conociendo sus terribles crímenes a medida que se liberaban los distintos campos de concentración y exterminio, donde Hitler y sus secuaces intentaron aniquilar al pueblo judío de Europa, así como a miembros de otras etnias y a enemigos del régimen durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945)
Una de las muchas preguntas que podemos hacernos sobre estos graves acontecimientos es cómo logró consolidarse un régimen de tal naturaleza en un país culturalmente tan ilustrado como Alemania, cuna de grandes filósofos, teólogos, escritores y artistas. Uno de los aspectos que podemos analizar para tratar de responder dichas preguntas es la estrategia de comunicación que usó el régimen para consolidar una narrativa favorable entre el pueblo alemán. Para tal efecto, Hitler nombró a Joseph Goebbels como ministro para la Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich, quien utilizó diversas estrategias de comunicación, entre otros, el uso de la música, especialmente de Beethoven y Wagner, así como explotar la fuerza del cine, la radio y la prensa, además de censurar y perseguir cualquier dejo de crítica u oposición al régimen. Una película que narra magistralmente esta persecución es La rosa blanca (Die letzten Tage), basada en la historia real de los hermanos Scholl.
Visto a ocho décadas de distancia, es normal sentir indignación por la manipulación que se hizo de algo tan bello y noble como lo es la comunicación. Pero lo cierto es que dichas prácticas de manipulación, para colocar ciertas narrativas, siguen más que vigentes y vale la pena que, quienes participamos en algún medio de comunicación, hagamos un sincero y valiente examen de conciencia. En uno de sus primeros mensajes, el Papa León XIV dijo a los representantes de los medios de comunicación presentes en Roma: “Hoy, uno de los desafíos más importantes es el de promover una comunicación capaz de hacernos salir de la “torre de Babel” en la que a veces nos encontramos, de la confusión de lenguajes sin amor, frecuentemente ideológicos y facciosos. Por eso, su servicio, con las palabras que usan y el estilo que adoptan, es importante. La comunicación, de hecho, no es sólo trasmisión de informaciones, sino creación de una cultura, de ambientes humanos y digitales que sean espacios de diálogo y de contraste.”

padilla@iteso.mx
La Rosa Blanca Hans y Sophie Scholl
https://www.youtube.com/watch?v=Z9W8VpiGQj8
