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La palabra, gran herramienta: un llamado a construir paz

por Quetzali Hernández
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LUIS SÁNCHEZ

Hoy, 23 de noviembre, el calendario nos recuerda que la herramienta más poderosa de la humanidad no es un arma, sino la palabra. Esta efeméride, impulsada por la Fundación César Egido Serrano desde España, nació con un lema simple pero vital: “La Palabra como vínculo de la humanidad, frente a toda violencia.” Su propósito es claro: reivindicar el diálogo y la comunicación como el único camino viable para el entendimiento global y la resolución pacífica de conflictos, justo en un día que coincide con la inauguración de su Museo de la Palabra, buscando consolidar la paz a través de la articulación y el respeto.

Este principio, que parece abstracto, cobra una urgencia brutal en la realidad de nuestro México. Estamos llegando al cierre del 2025, cargando el peso de la violencia que permea cada rincón, una violencia que nos ha arrebatado líderes, inocentes y, lo que es peor, la esperanza. El doloroso asesinato del alcalde de Uruapan, Michoacán, a manos del crimen organizado, fue el detonante de una respuesta que debe ser analizada con detenimiento: la movilización de la Generación Z.

Los jóvenes, a menudo etiquetados como apáticos o distraídos por las pantallas, demostraron una vez más que la etiqueta es injusta. Su reacción fue inmediata y profundamente simbólica. No solo tomaron las calles con la rabia y el luto esperados, sino que utilizaron sus plataformas digitales —su lenguajenativo— para amplificar el clamor por justicia. Es en esta acción donde la consigna del Día Internacional de la Palabra encuentra su eco más vibrante: transformar el hartazgo en voz organizada.

La Generación Z, utilizando la inmediatez y el alcance de las redes, está redefiniendo el activismo. Su protesta no solo exige el cese de la impunidad y el castigo a los responsables, sino que también señala la necesidad de un nuevo contrato social donde la vida y la institucionalidad sean respetadas. Están utilizando la palabra en su máxima expresión: como denuncia, como memoria y como construcción de futuro, rechazando el silencio cómplice o paralizante que la violencia busca imponer.

Aquí es donde entra el desafío para todos los mexicanos de cara al inicio del 2026.No basta con la indignación momentánea. Si la juventud ha puesto la primera piedra de la protesta legítima, a la sociedad civil, a los medios de comunicación y a la clase política nos corresponde cimentar un nuevo pacto de paz. Necesitamos que la palabra, el diálogo y el debate respetuoso se conviertan en nuestra única trinchera inexpugnable frente al miedo.

Para iniciar un mejor 2026, la invitación es a convertir el diálogo en política pública y en cultura cotidiana. Esto implica que los ciudadanos abandonemos la polarización fácil y adoptemos la escucha activa, buscando puntos de encuentro en lugar de alimentar las grietas. La palabra debe ser usada para articular proyectos de regeneración social, para exigir rendición de cuentas sin caer en la descalificación, y para nombrar la realidad sin adornos, pero con la intención de transformarla.

El legado de tragedias como la de Uruapan debe ser un llamado de atención permanente. El 23 de noviembre no es solo un día para recordar el poder del lenguaje; es una fecha para comprometernos a usarlo. Es hora de que los jóvenes y no tan jóvenes, los líderes sociales y los gobernantes, unamos nuestras voces en un coro que ahogue el estruendo de la violencia. La paz no se decreta, se construye día a día con cada palabra elegida, con cada puente tendido y con cada conversación difícil que decidimos sostener.
Cerremos este 2025 con la firme resolución de que el próximo año será un lienzo en blanco para la construcción. Que la palabra sea nuestra herramienta de arquitecto para diseñar un México donde el respeto a la vida y el imperio de la ley sean innegociables. El cambio está en la articulación del deseo colectivo de paz. Usemos la palabra no solo para describir nuestro dolor, sino para escribir nuestro futuro.

Nos leemos la siguiente semana y recuerda: luchar, luchar siempre, pero siempre luchar desde espacios más informados que construyen realidades menos desiguales y pacíficas.

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