JUAN PABLO COLIN
Cada 12 de agosto se conmemora el Día Internacional de la Juventud, más allá de las cifras, las políticas públicas o los discursos sobre el futuro, esta fecha también es una oportunidad para hacernos una pregunta que pocas veces nos detenemos a responder: ¿qué tipo de jóvenes queremos formar?
Vivimos en una época fascinante, pero también profundamente desafiante. Nunca antes una generación había tenido tanto acceso al conocimiento, a la tecnología y a las oportunidades.
Sin embargo, tampoco había estado tan expuesta a la comparación permanente, a la presión por aparentar una vida perfecta, y a una cultura que constantemente nos dice que valemos por lo que producimos, por lo que consumimos o por la imagen que proyectamos en una pantalla.
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿de qué sirven los valores en el mundo moderno?
Algunos podrían pensar que hablar de honestidad, servicio, empatía o fe es algo anticuado, casi ingenuo, pero yo estoy convencido de lo contrario. Precisamente porque vivimos tiempos de incertidumbre, los valores son más necesarios que nunca, son el ancla que evita que nuestra vida dependa de la aprobación de los demás o de las modas pasajeras.
La Iglesia ha entendido esto desde hace mucho tiempo. San Juan Pablo II dedicó buena parte de su pontificado a los jóvenes porque veía en ellos una enorme capacidad para transformar el mundo. Por eso creó las Jornadas Mundiales de la Juventud, no como un gran evento, sino como un recordatorio de que la juventud tiene una misión. Años después, el Papa Francisco retomó esa misma idea en Christus Vivit, cuando escribió: «Cristo vive y te quiere vivo». Que frase tan sencilla y, al mismo tiempo, tan profunda. Porque vivir de verdad no es solo respirar, estudiar, trabajar o acumular logros.
Vivir plenamente es descubrir que nuestra existencia tiene un propósito.
Creo que ahí está uno de los grandes retos de nuestra generación, nos preocupamos mucho por construir una imagen, pero poco por construir el carácter. Invertimos horas en mejorar nuestro perfil en redes sociales, pero muy pocas en preguntarnos quiénes somos cuando nadie nos está viendo. Buscamos seguidores, pero olvidamos buscar principios. Queremos éxito, pero pocas veces nos preguntamos para qué.
Los valores no son un obstáculo para la libertad; son precisamente los que permiten ejercerla con responsabilidad. Son los que ayudan a un joven a decir «no» cuando todos dicen «sí». Son los que lo impulsan a servir antes que aprovecharse, a levantar la voz frente a una injusticia, a comprometerse con su comunidad y con su país.
Mientras más sólidos sean esos valores, mayor será también su compromiso con la sociedad. Porque una fe auténtica nunca termina en el ámbito privado. Se refleja en la forma de estudiar, de trabajar, de hacer política, de emprender, de formar una familia y de tratar a los demás.
México necesita jóvenes preparados, sin duda. Pero necesita todavía más jóvenes con convicciones. Jóvenes que entiendan que el éxito no consiste únicamente en llegar lejos, sino en saber hacia dónde caminar. Jóvenes que comprendan que la verdadera grandeza no está en acumular reconocimiento, sino en poner los talentos que Dios les regaló al servicio de los demás.
En este Día Internacional de la Juventud, quizá el mejor mensaje que podemos compartirles no es que persigan una vida perfecta, sino una vida con sentido. Porque cuando una persona descubre para qué vive, deja de perseguir lo superficial y comienza a construir aquello que realmente permanece. Ahí es donde la fe deja de ser una tradición y se convierte en una forma de transformar el mundo, empezando por uno mismo.

