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Laicos 24/7: esperanza para la Iglesia en México

por Gabriela Ceja Ramirez
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DENISSE ARANA ESCOBAR

En la vida de la Iglesia en México, el papel de los laicos no es accesorio ni secundario: es esencial. En medio de una sociedad compleja, herida por la desigualdad, la violencia y la fragmentación social, el laico está llamado a ser puente, testigo y presencia viva del Evangelio en los espacios donde la Iglesia institucional difícilmente llega. No se trata de una tarea opcional, sino de una vocación profunda que brota del Bautismo y que encuentra su fundamento en el magisterio de la Iglesia, particularmente en el Concilio Vaticano II a través de Lumen Gentium.

Como bien lo expresa el número 31 de este documento, corresponde a los laicos “gestionar los asuntos temporales y ordenarlos según Dios”. Esta afirmación no solo define una función, sino que revela una identidad: el laico es aquel que santifica el mundo desde dentro. No desde la evasión, sino desde la inmersión en la vida cotidiana. En este sentido, recordemos que somos “laicos 24/7”, es decir, discípulos en todo momento y en todo lugar.

Durante mucho tiempo, ha existido la tentación de reducir la vida cristiana a prácticas devocionales o a la participación dominical. Sin embargo, esta visión resulta insuficiente frente a los desafíos actuales. El laico no está llamado a ser un “cristiano de banca”, sino un agente activo de transformación social. La formación, por tanto, no puede limitarse a lo académico o teórico; debe ser una formación integral que se traduzca en vida, en decisiones concretas, en actitudes coherentes.

LAICOS COMPROMETIDOS

México necesita laicos formados, conscientes de su misión y comprometidos con su realidad. La corrupción, por ejemplo, no se combate únicamente con leyes, sino con conciencias rectas. Ahí el laico tiene un papel decisivo: el empresario que paga salarios justos, el funcionario que actúa con honestidad, el maestro que educa en valores, el padre o madre que forma en el amor y el perdón. Cada uno, desde su trinchera, puede ser fermento en la masa, como lo enseñó Cristo.

Esta imagen evangélica de la levadura es particularmente significativa. La levadura no hace ruido, no se impone, pero transforma desde dentro. Así debe ser la presencia del laico en la sociedad mexicana: discreta pero eficaz, humilde pero constante. No se trata de protagonismos, sino de coherencia. Porque uno de los mayores retos que enfrenta la Iglesia hoy es la falta de unidad entre fe y vida. No basta con profesar la fe dentro del templo si fuera de él se vive en contradicción con el Evangelio.

La propuesta pastoral en nuestra Arquidiócesis de Guadalajara, centrada en la “Iglesia en salida” y en la misión de la misericordia, encuentra en los laicos a sus principales protagonistas. Ellos son quienes caminan las calles, quienes conocen de cerca las realidades familiares, laborales y sociales, quienes pueden llevar consuelo, escucha y esperanza a quienes más lo necesitan. En este sentido, el laico no es un ayudante del clero, sino un corresponsable en la misión evangelizadora.

Es importante subrayar que esta corresponsabilidad no elimina la diferencia de funciones dentro de la Iglesia, sino que las complementa. Mientras el sacerdote ejerce su ministerio de manera particular en los sacramentos y en la guía pastoral, el laico tiene la misión insustituible de transformar las estructuras temporales desde el Evangelio. Ambos caminan juntos, en comunión, al servicio del mismo Reino.

LUZ Y SAL

Hoy más que nunca, México necesita laicos que sean luz y sal. Luz que ilumine las tinieblas de la desesperanza, sal que preserve la dignidad humana frente a la corrupción y la violencia. Como bien se ha dicho en la tradición de la Iglesia, el laico es el “alma del mundo”. Si esa alma se apaga, la sociedad pierde su rumbo.

Por ello, la invitación es clara: asumir con seriedad y alegría la vocación laical. Entender que cada jornada laboral, cada encuentro, cada decisión es una oportunidad para hacer presente a Cristo. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir extraordinariamente lo ordinario.

Ser laico 24/7 implica reconocer que la fe no se limita a un espacio ni a un horario. Es una forma de vivir, de mirar, de actuar. Es llevar a Cristo en el corazón y reflejarlo en cada gesto. Solo así podremos construir un México más justo, más humano y más fraterno.

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