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PASTORAL & CULTURA: Los dos testamentos

por Gabriela Ceja Ramirez
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Pbro. Armando González Escoto

Durante un buen tiempo los primeros cristianos debatieron acerca del sitio que debía darse al Antiguo Testamento; ¿debía desecharse todo y por completo, ante la grandeza del Nuevo? ¿Debía admitirse pese a los muchos textos que entraban en contradicción con las enseñanzas del Evangelio? Por ejemplo: la legitimación de la venganza, del rencor, de la aniquilación del enemigo, del uso de la violencia para lograr tales o cuales fines, de la discriminación moral o las penas corporales hasta la muerte para pagar tales o cuales pecados.

La solución fue sencilla, dada la riqueza del Antiguo Testamento y el hecho mismo de ser parte de la revelación, se asumía como parte de la Sagrada Escritura cristiana, pero deberá leerse, entenderse, y aplicarse invariablemente a la luz del Nuevo.

Eso suponía comprender que muchos textos del Antiguo habría que ubicarlos en el tiempo en que se dieron, y a la vez advertir que no podían iluminar el presente cristiano si contradecían las enseñanzas de Jesús.

Pero aún la misma enseñanza de Jesús va a exigir de profunda exégesis. Pongamos por caso, la norma de ofrecer la otra mejilla al que ya te golpeó, ¿incluía dejar que un ser querido fuese igualmente golpeado sin haber razón alguna? ¿Debía el cristiano permanecer inmóvil si venían a saquear su casa, la del vecino, o a la entera comunidad? Tales cuestiones tan reales llevaron a elaborar la doctrina de la legítima defensa, y posteriormente, la de la guerra justa, estableciendo normas muy concretas para definir si tal o cual acción era o no era legítima defensa, o cuándo y con qué condiciones una guerra podía llamarse justa.

En materia de persecución religiosa, se impondrá durante mucho tiempo el ejemplo de los mártires cristianos de los primeros tres siglos de la Iglesia, que asumieron el sacrificio de sus vidas sin oponer resistencia, y sin que a ninguno se le hubiese ocurrido organizar una guerra en contra del gobierno romano que tan cruelmente los perseguía.

Esta forma de proceder era el resultado de una fe cristiana profundamente comprendida y vivida, los mártires del imperio romano no eran sólo creyentes convencidos de una doctrina religiosa sino, sobre todo, personas decididas a imitar a Cristo en toda circunstancia, eran pues cabalmente cristianos, poseedores de una fe madura que los hacía no solamente capaces de sufrir el martirio, sino de vivir en una era de persecución sin caer en la tentación de responder con igual o superior violencia.

Estos datos hacen difícil comprender la guerra religiosa que hubo en México hace cien años, precisamente por el hecho de haber sido iniciada por personas cristianas que buscaron inspirarse más en la guerra de los Macabeos que, en el Evangelio, olvidando que los textos del Antiguo Testamento debían, asumirse a la luz del Nuevo. Es este uno de esos casos en que lo ocurrido no se puede analizar a la luz del tiempo en que sucedió, pues para esas fechas, el Evangelio llevaba ya casi mil novecientos años de haberse proclamado.

armando.gon@univa.mx

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