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PASTORAL & CULTURA: Luchas ideológicas

por Gabriela Ceja Ramirez
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PBRO. ARMANDO GONZÁLEZ ESCOTO

La ideología es el resultado de revolver hechos reales, manipulados, con conclusiones que rebasan siempre sus premisas. Los alemanes viéndose rubios, trabajadores e inteligentes, concluyeron que solamente su raza puede producir esos resultados, que por lo mismo su raza debe dominar al mundo, que hay razas que deben ser exterminadas por sus pobres o nulos resultados. Eso es la ideología nazi. La doctrina norteamericana del “destino manifiesto” por la cual ellos creyeron o han vuelto a creer que su nación está destinada a someter a todo el planeta, y que todo el planeta lo debe aceptar, es también una ideología.

¿Puede el cristianismo convertirse en una ideología? Lo ha hecho en algunas etapas de la historia, y los resultados han sido fatales, precisamente porque sus procesos implican voluntades divinas incuestionables, elemento que hace a estas ideologizaciones más devastadoras y radicales. Creer que el catolicismo mexicano tiene un destino divino que lo llama a ser el salvador de América Latina, por ser el pueblo mexicano la raza elegida, es justamente una ideología nacionalista religiosa y además, centralista, desarrollada particularmente en la segunda mitad del siglo XIX, y que en las primeras décadas del siglo XX tuvo especial expansión, sobre todo por obra de los jesuitas, asunto que preocupaba seriamente tanto al superior en México, Crivelli, como al preboste general en Roma. Los padres jesuitas Méndez Medina, Mariano Cuevas, Carlos Heredia, y muchos más, fueron reconvenidos frecuentemente no por su apostolado, sino por la ideologización cada vez más extrema en la que estaban cayendo. Habían confundido el plan de Dios para la humanidad, con una versión ideologizada y nacionalista de efectos locales que no excluía la violencia como solución.

Si consideramos la poderosa influencia que los jesuitas ejercían en casi todos los apostolados seglares de esa época y en el mismo episcopado, y lo unimos a procesos similares que personajes del clero diocesano de Guadalajara, como Agustín de la Rosa, había desarrollado, y cuya secuela seguirá el laico Palomar y Vizcarra, el coctel explosivo estaba ya más que preparado para provocar una nueva guerra de religión en México, a pesar de los esfuerzos que otros líderes más sanos y equilibrados como Anacleto González Flores, hacían en favor de soluciones duraderas, pacíficas y democráticas.

Frente a la ideologización cristiana de fondo porfirista, se reagrupaba la ideologización anticlerical de cuño liberal y jacobino que usará los movimientos revolucionarios de la época para atacar no solamente a los católicos ideologizados, sino a toda la Iglesia en su conjunto, todo en un caldo de cultivo altamente tóxico que se venía nutriendo de uno y otro bando entre 1913 y 1926 con provocaciones de todo tipo. Ya conocemos las funestas consecuencias que trajo consigo este drama lamentable. Cien años después, las ideologías de izquierda y derecha no han perdido beligerancia, como entonces, a partir de hechos reales cuya interpretación está deformada por la pasión, sacan conclusiones apocalípticas que los llevan a reacciones desaforadas.

armando.gon@univa.mx

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